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Si estás organizando un viaje en coche para descubrir rincones de España que aún no conoces, esta ruta te va a resultar muy útil. A principios de junio, Javier y yo preparamos las maletas, cargamos el coche y salimos un domingo a las 8:30 de la mañana desde Galicia rumbo a Cuenca, el primer destino de una ruta que nos llevaría también por Peñíscola, Tarragona y Castellón.
Te cuento de primera mano qué ver, dónde acertamos y en qué trampas para turistas es mejor no caer.
Cuenca: Rascacielos medievales y cuestas empinadas

El viaje en coche requiere paciencia y paradas estratégicas, y confieso que la nuestra no fue la mejor: paramos a comer en un sitio ruidoso donde me sentaron a comer en un banco altísimo e incómodo. Para rematar, pagamos 3,40 euros por cada caña en una terraza, descubriendo rápido que la cerveza por esta zona se cobra más cara.
Al llegar a Cuenca nos alojamos en un hotel Exe en la parte nueva de la ciudad. Es una zona mucho más llana y práctica, ya que el casco antiguo está a unos dos kilómetros y es todo cuesta arriba hasta llegar a la antigua fortaleza del castillo. Subimos caminando por el camino exterior, justo por debajo de los famosos «rascacielos» del barrio de San Martín, unos edificios fascinantes que desde la calle principal parecen tener dos plantas, pero que crecen hacia abajo por el acantilado llegando a tener hasta diez pisos.
Vimos las espectaculares Casas Colgadas, cruzamos el puente de San Pablo (el mejor punto para hacer fotos) y contemplamos la inmensidad del Parador. Aunque la subida al castillo es cansada, la brisa en la cima hace que el paseo sea sumamente agradable.
Tomamos una caña en una terraza con buen ambiente, se llamaba Pícaro, el sitio estaba con una decoración interior muy chula pero la terraza tal como estaba el día apetecía mucho más. Nos cobraron 3,40 euros por casa Doble cerveza (ni 33 cl) y según a lo que estamos acostumbrados nos pareció carísimo, ya que en La Coruña una caña puede costar sobre 2.80 ó 3 euros en sitios normales.
Nos dimos cuenta que por esta zona Este de España, la cerveza es más cara que el Galicia, y también nos ha llenado de orgullo que en casi todos los sitios en los que paramos a tomar algo había Estrella Galicia de la que soy una gran promotora.
Cuenca: Sabores típicos y vistas al acantilado
Tras la cansada pero agradable subida hasta la fortaleza del castillo, y el paseo por la ciudad decidimos quedarnos a cenar por la zona. Elegimos el Mesón el Caserío, uno de los restaurantes ubicados cerca del castillo. Aunque es una zona bastante turística, nos dio confianza ver que también había gente local cenando allí.

La cena nos costó 48,40 euros en total. Aprovechamos para degustar un buen surtido de platos típicos de Cuenca:
- Morteruelo
- Ajoarriero
- Pisto manchego
Mi balance del sitio: Los camareros no son los más profesionales del mundo, pero la comida está buena y, sin duda, lo mejor es su terraza. Es sumamente agradable cenar ahí mientras contemplas las impresionantes vistas del acantilado de Cuenca desde lo alto del castillo.

El paisaje paradisíaco de la Ciudad Encantada
Al día siguiente del buen homenaje gastronómico que nos dimos, decidimos madrugar para poner rumbo a la Ciudad Encantada de Cuenca. Fue un acierto total salir temprano: apenas encontramos gente, lo que nos permitió disfrutar del entorno con una tranquilidad absoluta.
El recorrido consiste en un bellísimo paseo por el bosque donde el gran atractivo es dejarse llevar por la imaginación. Disfrutamos muchísimo intentando adivinar las caprichosas figuras que el agua y el viento han ido dibujando en las rocas a lo largo de los siglos.
Mi balance de la visita: El entorno está sumamente cuidado y el paisaje es totalmente paradisíaco. Además, para nada es una visita cara. Si vas a pasar por Cuenca, vale muchísimo la pena dedicarle una mañana a este lugar, precio apróximado de la entrada: 6€.
Mi consejo de equipaje: Para estas subidas empedradas, un calzado adecuado es innegociable. En mi escaparate de Amazon (sección de Marcha Nórdica), te he dejado mis zapatillas favoritas para sumar kilómetros sin resentir las rodillas.
Peñíscola: Entre castillos papales y paciencia infinita
Llegamos a Peñíscola a primera hora de la tarde. Aunque la entrada te recibe con esa construcción urbanística de playa que tanto abunda en España, el casco antiguo es una joya muy cuidada, de calles empedradas impecables que suben hasta el mismísimo Castillo del Papa Luna. ¿Sabías que este pequeño pueblo pesquero fue la tercera ciudad papal de la historia tras Roma y Aviñón?.
Nos alojamos en un céntrico hotel de cuatro estrellas junto a la playa del Sur (Hotel Palladium). Las instalaciones estaban muy bien; de hecho, aproveché para no perder mi rutina en su gimnasio, fantásticamente equipado con máquinas Technogym, mancuernas y kettlebells. Sin embargo, el restaurante fue una prueba de fuego para mi paciencia: las planchas en vivo generaban unas colas insufribles y el comedor estaba masificado. Presenté una reclamación formal por la mala organización en un hotel de su categoría, y al menos la encargada tuvo el detalle de invitarnos al vino de la cena al día siguiente.

Para compensar el enfado de la noche anterior, al día siguiente dimos un espectacular paseo recorriendo unos 5 kilómetros por la orilla de la inmensa Playa Norte (que se extiende a lo largo de 15 km hasta Benicarló). Rematamos comiendo en una terraza con vistas al mar por un menú del día de 15 euros que valió cada céntimo. Comimos en la parte antigua de Peíscola, en el Bar Restaurante El Parque, menú para dos, 39 euros con alguna cerveza adicional.
El Castillo del Papa Luna: Una lección de historia que no te puedes perder
Tras la comida muy agradable en la parte vieja, el plan indiscutible era adentrarnos por fin en el Castillo del Papa Luna. Si vas a visitarlo, te recomiendo sin dudarlo que optes por la visita guiada. Es la mejor manera de sumergirse en la apasionante crónica de Benedicto XIII; te cuentan con todo detalle la vida de un personaje histórico crucial, sumamente inteligente y con una fortaleza mental asombrosa que marcó una época.
Benedicto XIII, el afamado papa Luna, era menudo, extremadamente culto y sofisticado y, sobre todo, terco como buen aragonés es a su irreductible negativa a abdicar que debemos la expresión popular «seguir en sus trece». Fue el último santo padre de Aviñón al que el concilio de Constanza de 1414 depuso y declaró antipapa.
Pero ¿qué secreto esconde su trayectoria? ¿Por qué nunca quiso hablar de esa aciaga primavera de 1378 en la que nació el gran cisma de Occidente que perturbó durante treinta años la cristiandad y anticipó la escisión definitiva, un siglo después, de la Reforma? Eso mismo se pregunta su sobrino Rodrigo, capitán de la guardia pontificia, desde el castillo de Peñíscola donde, tras haber servido fielmente a su tío durante treinta años, escribe su controvertida historia.
Con una prosa ágil y amena, rica en detalles y precisión documental, José Ángel Mañas ha compuesto una novela de aliento épico que recrea la vida de quien, posiblemente, sea uno de los papas más singulares de toda la historia. Una recreación de época que aspira a rivalizar con Bomarzo y El nombre de la rosa y que ha sido galardonada con la última edición del prestigioso premio Letras del Mediterráneo.
Como detalle curioso que nos encantó, la guía nos recomendó comprar la infusión típica del Papa Luna, un producto muy arraigado que se puede conseguir fácilmente en cualquier supermercado del pueblo. Al parecer, esta era la tisana que el propio pontífice tomaba habitualmente, elaborada con hierbas medicinales de su propio huerto, y se cuenta que gracias a sus propiedades le libró de morir envenenado en una ocasión. Me pareció un recuerdo tan original y saludable, que no dudé en comprar un poco para traer a casa; es un detalle estupendo para regalar a los seres queridos. Cada caja de Tisana del Papa Luna, comprada en el Consum es de 5.69 euros.

Por si fuera poco, la misma entrada te da acceso posterior para pasear con calma por los hermosos jardines del recinto, un espacio precioso que complementa la experiencia y te regala unas perspectivas fantásticas de la costa. Todo esto tiene un precio de tan solo 5 euros; una tarifa magnífica para el valor cultural y la riqueza de la visita. Te aseguro que vale muchísimo la pena dedicarle una tarde, saldrás con la sensación de haber aprendido algo verdaderamente interesante.
Tarragona: Un viaje inmersivo al Imperio Romano

Tarragona era uno de los grandes objetivos del viaje y no defraudó. Empezamos callejeando por la antigua Judería, de calles tan estrechas que los coches de reparto sufren para girar. Con una audioguía, recorrimos la majestuosa Catedral, que custodia el brazo de Santa Tecla.
Si te gusta la historia, Tarragona te eriza la piel. Tienes que ver:
- El Anfiteatro: Único en el mundo con las gradas dando directamente al Mediterráneo. Aquí quemaron vivo al obispo Fructuoso en el año 259 y hoy puedes ver superpuestas la arena romana, ruinas visigodas y muros medievales. Sorprende pensar que aquí cabían 14.000 espectadores viendo fieras traídas en barco desde el norte de África.
- El Circo: No vale la pena visitarlo, se ve desde la calle lo poco que queda, el resto está enterrado bajo la ciudad.
- La Muralla Romana: Con más de 2.200 años, es la más antigua de la Península Ibérica. Fue el cuartel general de Roma durante la Segunda Guerra Púnica.
- El Serrallo: El barrio marinero de la ciudad. Bajamos caminando para comer una estupenda paella en una terraza.
Comimos en una terraza en el Serrallo, de menú del día, muy abundante y bien servido, el restaurante se llama Sol de Mar y el precio para dos personas fue de 48,80 €
Terminamos asomándonos al Balcón del Mediterráneo, a 40 metros sobre el nivel del mar, un mirador bautizado así por el político Emilio Castelar en 1863.

Castellón: Paseos llanos y playas infinitas

Nuestra última parada principal fue Castellón de la Plana, fuimos un día desde Peñíscola, está a una distancia de menos de 1 hora en coche.
Castellón de la Plana hace honor a su nombre: ideal para moverse en bicicleta, sin una sola cuesta y con mucha facilidad para aparcar. En cinco minutos te plantas en el centro para ver la torre de El Fadrí y su pequeña concatedral.
Nos acercamos también a El Grao, su barrio portuario a 4 kilómetros del centro, y terminamos cruzando a Benicassim para disfrutar de un chiringuito frente a su inmensa playa antes de volver a Peñíscola para darnos un merecido baño en la piscina del hotel.
Como conclusión de la ciudad, diré que nos parece una ciudad tranquíla y super cómoda para vivir, fácil para andar, y fácil para aparcar.

Teruel: El encanto de lo pequeño y la historia de los Amantes
Nuestra siguiente parada fue Teruel. Si viajas con un coche largo como el nuestro, prepárate para una pequeña aventura al llegar. El casco antiguo está lleno de zonas restringidas y calles muy estrechas, por lo que localizar la puerta del hotel nos costó bastante trabajo. Eso sí, una vez instalados, la ubicación era inmejorable.
Teruel es una ciudad muy pequeña y abarcable. Tras ver la famosa Plaza del Torico y la catedral por fuera , paramos a comer al restaurante Ambigu, en la plaza San Juan. Si cuidas tu alimentación pero quieres disfrutar de la gastronomía local, un buen jamón serrano con Denominación de Origen y una copa de vino es una opción excelente. Por la tarde, la visita guiada al Mausoleo de los Amantes de Teruel fue fascinante, pero lo que realmente nos cautivó fue la techumbre de la catedral; la guía nos explicó cada detalle de esta maravilla mudéjar.

Recomendable la visita al Mausoleo de los Amantes de Teruel y a la Catedral (6 €), que sean visitas guiadas porque si no, no te enteras de nada. Teruel es muy pequeño y lo ves en poco tiempo por eso te puedes permitir el lujo de dedicar tiempo a estos dos monumentos.
Hacía muchísimo calor y el centro estaba abarrotado de gente, así que refugiarnos tres horas en el teatro fue un alivio inmenso. La escenificación del musical nos gustó muchísimo, te lo recomiendo totalmente si pasas por la capital. Al salir, nos tomamos la clásica caña en la Plaza Mayor antes de retirarnos a cenar a un bar de raciones que se llama La Batea, en Tres Cantos.
Para cenar, nos acercamos a una zona de bares muy concurrida cerca del hotel y conseguimos sitio en una terraza para disfrutar de una ración de oreja frita y queso con jamón. Rematamos el día paseando para ver el viaducto que cruza la ciudad , aprovechando para mover el coche y dejarlo más a mano para la salida del día siguiente.

Madrid: Un alto en el calor asfáltico y un musical inolvidable
El viaje de vuelta a Galicia nos pedía una parada estratégica en Madrid. Tan pronto como llegamos dejamos las maletas en casa de mi hija que vive allí, comprarmos un pantalón largo a Javier para ir por la tarde al teatro y pusimos rumbo al centro. Teníamos entradas para ver el musical de Los Miserables a las cuatro de la tarde.

A la mañana siguiente, tras dormir en casa de nuestra hija, recargué energías con un desayuno que me encantó: un bol de açaí. Perfecto para mantener mi enfoque en la comida real antes de la carretera. Cayeron unas gotas de lluvia, pero la gente ni se movió de las terrazas; definitivamente, la lluvia de Madrid no tiene nada que ver con la de nuestra tierra Galicia.
Emprendimos el viaje y, como es tradición, paramos a comer en el Hostal-Restaurante Alameda en Benavente. Es una comida rápida y a buen precio, sin más.
Llegamos a casa con muy buen tiempo, listos para deshacer maletas y volver al trabajo.
Reflexiones finales: Qué aprendimos (y qué no haremos de mayores)
Este ha sido un viaje diferente, fuera de nuestras costumbres habituales, pero muy interesante. Hemos paseado, hemos hecho largas sobremesas y charlado mucho y también hemos disfrutado de un tiempo de relax muy necesario.
Si tuviera que hacer un balance honesto para ayudarte a planificar tu ruta, te diría lo siguiente:
- Lo mejor: Cuenca me gustó muchísimo, y descubrir toda la historia que envuelve al Papa Luna en Peñíscola fue una sorpresa maravillosa.
- La decepción: Tarragona me dejó un sabor agridulce. Aunque la historia es brutal, da pena ver cómo gran parte de los restos romanos y el circo han quedado sepultados bajo la ciudad moderna y son poco visuales.
- El aprendizaje: Nos hemos fijado mucho en cómo se comportan los turistas de cierta edad, sobre todo en los hoteles con viajes del Imserso, tomando buena nota para procurar no cometer los mismos errores cuando nos toque a nosotros.
A nivel deportivo, aunque el objetivo era mantener la masa muscular, apenas pisamos la playa un día para caminar y nos bañamos un par de veces en la piscina. Fui al gimnasio del hotel en Peñíscola, pero me lesioné un poco la zona lumbar. A veces, el cuerpo te pide que en vacaciones, simplemente, descanses.
Mi consejo final: Si vas a hacer una ruta en coche con tantas horas al volante, cuida tu postura. En mi escaparate de Amazon tienes accesorios que uso en los viajes: para dormir cómodamente mientras viajamos, para cargar el movil de forma rápida, batería para el móvil solar, y unas bandas elásticas para poder hacer un poco de ejercicio en cualquier sitio sin que me ocupen sitio en la maleta.
Viajar en coche te da una libertad inmensa para explorar España a tu ritmo. Y tú, ¿ya tienes pensado tu próximo destino?